Las calles están desiertas, húmedas y distantes. Camino entre callejones sombríos que me ayudan a esconderme de mis ilusiones frustradas. La hiperactividad emerge de mis silencios, actúa sin que yo le de permiso. Las farolas iluminan rincones escogidos, los cuales me invitan a refugiarme con ellos. Los árboles, ahora oscuros, mueven enérgicamente sus copas, el fuerte viento arrastra las inquietas imágenes que siguen torturándome incesantemente. Me veo reflejada en el fondo de un vaso de cubata ahora ya vacío, como tantos que se filtraron la pasada noche.
Rebusco entre los bolsillos restos de desesperación y al encontrarlos los aspiro hasta que vuelvan a surgir de nuevo. Una mirada superficialmente inocente me dice que se aleja, que encontró otra sonrisa mas larga risueña.
Me encuentro sola, vacía, inundada de nubes que me rodean y salpican, que me atormentan y eliminan.
Todo se acaba, y yo, despierto entre sollozos de un invierno incómodo